Es seguro, aunque no lo sepas

A las 22:30 del 25 de junio de 2002, David tenía 62.452 pelos. Ni uno más ni uno menos. El día anterior eran 62.478. Y cada vez iban a menos. En estos 32 años había ido perdiendo decenas de pelos diariamente y parecía que el descenso era imparable.

¿A qué edad habitarían en su cabeza 0 pelos? O lo que es peor ¿cuándo empezaría a clarear su redonda coronilla sin poder taparla con los pelos supervivientes? La idea del peinado al estilo caracola tampoco le hacía ninguna gracia, más sabiendo cómo la calvicie había avanzado en las cabezas de su padre y su abuelo hasta dejarlos completamente calvos.

Llegado a este punto, David se veía entre la espada y la pared: o se rapaba completamente o tendría que optar por empezar a ponerse implantes. ¿Caros? Sí. ¿Y el resultado? Eso era lo que más le preocupaba.

Ante la indecisión optó por preguntarle a un experto, su amigo Javi, quien con la misma edad tenía más pelo injertado que natural. Sabía de lo que hablaba. Y la verdad es que lucía bastante bien.

¿Ves mi pelo? ¿Y ves mis dientes? Pues implantes amigo, implantes”, le dijo Javi. David no daba crédito, “pero… ¿la dentadura también? ¿En serio? Eso sí que tiene que dar problemas”. Javi, negando con la cabeza, le explicó que “de eso nada, todo está muy estudiado, para los implantes dentales utilizan titanio quirúrgico y, que se sepa, nadie ha sufrido rechazo biológico”. Después de la explicación de su amigo, David se convenció de que era la mejor opción. “Pues esta tarde haré 2 cosas, pedir cita para lo de mi pelo y contarle a mi madre lo de los dientes, que está bastante asustada con el tema”, dijo. “Te acompaño, pero tranquilo, no te cobro nada por el asesoramiento”, bromeó Javi.