Vacaciones de Semana Santa o el éxtasis rural

Jajajaja, vacaciones, dice.

Si de verdad aún esperas que un viaje con niños de corta edad siga correspondiéndose con la idea que tenías tú de unas vacaciones llenas de solaz, cama de hotel con dosel y tiempo para desperdiciar a mansalva, es que la edad te va haciendo perder colágeno, pero no ingenuidad.

Las vacaciones de Semana Santa empiezan con tus hijos sin colegio, que ya como planteamiento inicial es sobrecogedor. Sin colegio y con muchas ganas de cualquier tipo de actividad. Lo sé, la cosa no mejora. Que si les diera por quedarse tirados en la cuna, con una mano tras la nuca y la otra metida en el pañal, viendo cómo se mueve el ventilador de techo, todavía. Pero no, ellos quieren explorar, correr, vivir, descubrir, como si fuera gratis.

Cuando termines de hacer las maletas, las dieciséis, no olvides coger la bolsita de los porsiacaso que el copiloto llevará sobre las piernas. Dependiendo de tu grado de histerismo paternal o de tu perroflautismo, esa bolsita puede ser de plástico y reducida, lo justo para guardar la botella de agua y unas galletas para el viaje, o puede convertirse en un macuto verde militar lleno de empanadillas, medicamentos, cable de cobre, una estufa de gas, catorce pares de botas de agua y dos granadas de mano. Da igual lo que metas, siempre necesitarás aquello que dejaste.

Al llegar a destino, ya sea un hotel cuqui y con encanto o la casa de pueblo que te dejó la abuela en herencia, es conveniente que salgas un poquito a estirar las piernas. Veintidós horas de caravana quizá hayan afectado en algo a tu sistema cardiovascular y ahora luzcas unas piernas como columnas jónicas. Por perímetro, no por turgencia, no te vayas a crecer.

Deshacer el puzzle de maletas te llevará otras dos horas y encarnizadas discusiones. Que si para qué quieres el edredón si estamos en abril, que si para qué te has traído al urogallo, como si eso importara ahora. Mientras los adultos organizan enseres, los niños corretearán, tirarán cosas y alguno quizá se rompa un diente. No ansíes otro desenlace porque perderás. ¿Qué esperabas, criatura? Llevas todo el camino vendiéndoles la moto del viaje como aventura, como descubrimiento de mundos nuevos y enriquecimiento personal, no vale llegar y encenderles la tele. Que pisen cacas de vaca y hablen con los lugareños, que para eso os habéis hecho cientos de kilómetros con dos torrijas en el estómago y sin parar para hacer pis.

Dependiendo de si la casa es tuya o alquilada es posible que cuente o carezca de las más mínimas condiciones de higiene y comodidad, pero no importa porque seguro que tú has viajado con las almohadas, el esterilizador y toallitas limpiasuperficies con suficiente cantidad de lejía como para que a tu familia no le afecte ninguna infección por contacto. Ni ahora, ni en el futuro. Si la casa lleva cerrada mucho tiempo, quizá también tengáis que hacer frente a algunos inconvenientes térmicos, experimentar cierta parálisis en los momentos previos a entrar en la ducha o entumecimiento de miembros al meteros en la cama. Quizá esto último no, olvidé que eres ya experto en estas lides y no sales de casa sin meter el edredón en la guantera.

Si hace bueno, lo ideal es salir a disfrutar del campo para explicarle a tus vástagos de dónde vienen las piñas, que luego vuelven a la gran ciudad y solo verán su nombre escrito en los zumos. Si diluvia es mejor que os quedéis y reconozcáis sin pudor que recorrer el monte con varios niños embarrados y exhaustos subidos a caballito os apetece casi tanto como beber vinagre.

De vuelta a casa, tras unos días maravillosos y llenos de fotos, muchas fotos, pero muchas, muchas fotos, quizá pronunciéis la frase con la que suelen terminar todos los viajes ¿Y si comemos de camino? Ello significará que os veréis obligados a parar en el Restaurante del Horror, en el kilómetro 122 de cualquier carretera nacional, ese que se esconde entre camiones y huele como a incineración de residuos tóxicos.

Empachados de churrasco llegaréis de nuevo al hogar con cierta nostalgia de los días vividos pero deseando pillar el mando de la tele. Allí os esperará Discovery Chanel para recordaros lo que era hacer turismo, selvático, alocado y sin reloj, hasta que volváis a intentar imitarlo con dudoso éxito en las próximas, y ahora idílicas, vacaciones de verano.