Sonrisas inocentes

En casa de Luis eran muy de la broma. Todos, sin excepciones, desde el abuelo Antonio con sus 79 años, hasta la pequeña Rosa de 7. Pero eran igual de bromistas que olvidadizos, así que cada 28 de diciembre se repetía la historia.

Ese día, el abuelo Antonio se levantaba más temprano que de costumbre y se ponía a preparar todas las inocentadas que había estado maquinando en su cabeza durante los 11 meses anteriores. Algunas se repetían año tras año, eran sus clásicos, pero siempre había alguna innovación.

Este año, sabedor de lo poco que le gustaban los dentistas a su hijo Luis, decidió darle un escarmiento. Recordó aquella dentadura de broma que había visto en manos de Rosa y no le hizo falta darle más vueltas.

Compró 100, les dio cuerda una a una, las colocó en un sitio estratégico y puso su plan en marcha: descolgó el teléfono y llamó a su hijo Luis. Eran las 5.30 de la mañana. Luis no lo cogió. Antonio repitió la operación hasta que Luis apagó el teléfono y se levantó de la cama.

Nadie sabía cuál era su destino, lo único que está claro es que no llegó a él: nada más abrir la puerta de la habitación, 100 dentaduras andantes se dirigieron hacia Luis. Saltó, gritó y despertó a toda la familia, mientras volvía de espaldas, asustado, a cubrirse con el edredón de su cama.

Dicen que un clavo saca a otro clavo, hijo. A ver si así se te quita la tontería esa de no querer ir al dentista, que ya somos mayorcitos…”, le espetó Antonio a su hijo entre risas.

En aquel momento la familia al completo había llegado a la habitación y las carcajadas se escuchaban en todo el vecindario. Sobre todo cuando la pequeña Rosa, inocentemente, le dio una lección a su padre. “Eres un miedicas, igual deberías cambiar de dentista e ir al mío, que es muy divertido”, dijo sonriente.