Y de repente, llegan los 40

Lo recuerdo como si fuera ayer. Atravesé el umbral de esa puerta envuelta en humo que se abría como en un concurso de la tele y pasé al otro lado dejando atrás la treintena con lágrimas en los ojos. Cuarenta es edad de señora con rulos – me decía a mí misma – cuarenta bofetadas, cuarenta ladrones que se van a llevar bien lejos mi juventud, mi colágeno y mis ganas de vivir.

Cuánta tontería.

No sabía que más allá de la puerta humeante una es libre para mirarse con las gafas de ver, deja atrás la pose fingida y estática que le contractura y descubre que desde lo alto de ese punto de inflexión, desde esa cima, se ve todo con mucha más distancia y perspectiva. Todo ese valle un día será tuyo – te dice tu yo agorero – allí aterrizarás, pero hasta que empieces a rodar cuesta abajo y sin frenos, deberás aprovechar el vientecillo este que corre en las alturas.

Subida ahí arriba se ve una más serena, más lista y más preparada de lo que nunca había estado. Más preparada para lo que venga, lo que sea que deba venir. Preparada para las críticas, que ahora llegan cremosas y resbalan, para pedir ayuda, para decir no, basta, vente, paso… Preparada para encontrar todas las respuestas, minimizar todos los disgustos y airear despreocupada todos los defectos.

Algunos aspectos se intensifican, la consciencia total de una misma y de lo poco que importa la opinión de los demás hace que un día te sorprendas al darte cuenta de lo mucho que te gusta tu risa, tus ganas, tus canas. Bueno, quizá éstas no. Ver a tus hijos más independientes también ayuda, te permite cortar esa brida que te mantenía día y noche atada a la puerta del Saloon y hace que puedas entrar, acompañada o sola, a pedirte un whisky.

Es probable que la vigorexia recién descubierta te obligue a madrugar más de lo deseable y te haga subir, bajar, en bici, en burro o en globo y correr como pollo sin cabeza por aceras solitarias y húmedas. Acéptala como una amiga que te ayudará a compensar los excesos que a veces produce vivir, cuando se hace bien. También te devolverá el glúteo duro de los veinte años, aspecto éste que no viene del todo mal, que una cosa es la consciencia del yo maduro y otra que seamos tontas.

Estar en el punto exacto en el que quieres estar, junto a la gente con quien lo quieres disfrutar y haciendo lo que siempre has querido hacer, te da una sensación de plenitud y logro conseguido bastante difícil de expresar. Si no es así, si estás en la casilla incorrecta, rodeada de fichas de colores feos, la respuesta es clara. Muévete. Cambia de lugar. Baila. Mientras te queden ganas y no te fallen las fuerzas.