Los miedos: esos enanos tiranos

Miedos

Mi madre tenía un primo que de pequeño le dio una patada en la espinilla a otro primo y este, el pateado, se murió. Nadie supo decirme jamás si la patada fue directamente la causante del óbito, pero mi madre siempre estuvo convencida de ello, quizá porque en su día su madre, y a la sazón mi abuela, también lo creyó.

Así pues en nuestras peleas infantiles mis hermanas y yo podíamos causarnos todo tipo de dolores perros, convirtiendo cualquier sofá en mesa de tortura medieval, todo excepto rozarnos mutuamente las espinillas, aquello era terreno vedado. ¿Si salíamos a montar en bici? Espinilleras. ¿Si íbamos a recoger moras? Espinilleras. ¿Si asistíamos como invitados a una comunión y mi madre preveía que en el convite pudiera haber niños con zapatos gordos? Espinilleras. Y tal vez casco, en según qué casos.

Desde que soy madre noto que este miedo espinillero y otros primos hermanos fueron en algún momento transfundidos directamente del estómago de mi madre al mío. Y con ellos lucho a diario. Si me preguntan contesto muy pichi que los tengo controlados, condenados a yacer descolocados en el cajón donde guardo el pensamiento bobo, pero no es verdad. A veces veo impotente cómo abren la puertecita de la jaula y se sientan en mi hombro por grupos, con las piernecitas colgando, dispuestos a hacer calceta y a malmeter junto a mi oído.

  • El yogur ha caducado esta mañana, ¿de verdad se lo vas a dar a la niña?
  • ¿Eso es una ventana? ¿Abierta?
  • No dejes a su alcance gomas de borrar, que se las comen. Que apechugue cada uno con sus errores ortográficos.
  • Nada de cosas colgando del cuello, que se pueden ahogar, ni aunque sea una medalla de natación y la niña tenga ya dieciséis años. Nada, es nada, sorda.

¿Ven ustedes qué carácter? Suelen ser malencarados, autoritarios y soberbios, con ese tonito altivo que le da a uno sentirse amparado por la tradición. Hay días en que me peino de mujer independiente y los echo de mi lado, dispersando a los más resistentes con empujones y fuertes patadas en su culo de miedo gordo; pero otros días claudico y asumo sin estudio previo que las medallas matan, porque siempre ha sido así.

Además de los heredados, como soy persona lista y de rápido aprender, adquiero miedos de mis circundantes a poquito que ellos hagan por enseñarme. Así recientemente he aprendido que la carne picada que se come fuera de casa está hecha a base de picos de gallos muertos, que las gomas prietas de los calcetines de gimnasia provocan varices tempranas y que las salchichas tienen el diámetro exacto de la faringe de un niño, por lo que habrá que cortarlas en poliedros de seis caras pero en rodajas jamás.

Por si fuera poco, como la mejor forma de dejar nuestra huella en el mundo es enriquecerlo y hacerlo crecer, aporto yo de mi cosecha propia más de uno y de dos miedos nuevos. Están perfectamente armados, son lógicos, sensatos y todos ellos conducen directamente a la total destrucción de la humanidad. Son tan evidentes que aún a día de hoy me pregunto cómo es posible que nadie los detectara antes que yo. Ni una sola fisura capaz de desbaratar la teoría que los sustenta, oiga.

Pero no, no insistan, que no los compartiré jamás, ni muerta, no los vayan ustedes a interiorizar y perpetuemos por siempre jamás esta absurda y paralizante tiranía del miedo.