La cubierta

Crucero - Bocas VITIS

Sonó la bocina. Todo el pueblo reconocía aquel sonido, indicaba que un nuevo barco estaba llegando al puerto. ¿Qué sería? ¿Un carguero? ¿Un trasatlántico? ¿Un crucero?

Padres, madres, hijos y demás familia bajaban corriendo hacia el puerto desde la plaza mayor. Hacía ya meses que las bocinas de los practicantes no se activaban. Intrigados, comentaban las proezas de los viejos marineros que partían hacia el Gran Sol y se pasaban temporadas de 6 meses en alta mar.

Resultó ser un crucero cargado de ingleses. Ninguno bajaba de los 50 años, y eso era una gran noticia para el pueblo. Seguro que llenarían los bares, los comercios y las calles.

Pero había alguien en el pueblo a quien le daban bastante igual los ingleses, lo suyo eran las cubiertas de los barcos. Tan impecables al zarpar, tan desastrosas cuando amarraban.

Este era Julio, hijo de marinero, nieto de marinero y bisnieto de marinero. Diez años rodeado de mar. Aquel día escuchó a su abuelo y a su padre comentar el miedo al dentista. Y nunca se imaginó que los dientes y los barcos tuvieran tanto en común.

El abuelo, mientras observaban el crucero, le decía al padre “que no, que no pienso ir al dentista, que eso de las limpiezas dentales estropea más que arregla”. En ese momento, el padre, señalando el crucero, le espetó al abuelo “sí, como las cubiertas de los barcos, que cada vez que les quitan todo lo que se les pega en alta mar las estropean, ¿no? Será al revés, abuelo, será al revés…”.

Y fue ahí cuando Julio, sin saberlo, acabó con una discusión que llevaba años instaurada en la familia. Inocentemente dijo “abuelo, pero si quiero tener los dientes tan limpios como las cubiertas de los barcos cuando zarpan, a parte de lavarlos todos los días tendré que ir al dentista ¿no? Los barcos también suben a tierra de vez en cuando para darles un buen repaso. ¡Y quedan como nuevos!” Su abuelo lo miró perplejo, esbozó una pequeña sonrisa, y los 3 siguieron contemplando el crucero.