Enjuagues con historia

Enjuague Bucal

No solo de cepillos de dientes y pastas dentífricas vive la higiene bucodental. Y es que, a lo largo de la historia, numerosas civilizaciones han desarrollado fórmulas para crear enjuagues que ayudaran a acabar con las bacterias que los “cepillos” de cada época no eran capaces de eliminar.

Antes incluso de que Cristóbal Colón llegara a América, algunas civilizaciones del Centro y Sur del continente hacían gárgaras con enjuagues de Coptis trifolia o de agua con sal para desinfectar sus dientes.

A medida que transcurría el tiempo, las innovaciones se iban sucediendo: por ejemplo, los romanos llegaron a utilizar orina humana, presumiblemente por su contenido en amoniaco, como enjuague bucal.

Varios siglos después, más concretamente en el XVII, Anthony van Leeuwenhoek, el descubridor del microscopio, en su empeño por acabar con los microorganismos que observaba, creó diversos enjuagues de vinagre o brandy, pero no funcionaron.

A finales del siglo XVIII empiezan a desarrollarse los primeros colutorios, pero no es hasta el siglo siguiente cuando la eficacia de estos empieza a ser relevante. Un siglo después empiezan a verse verdaderos avances: se comercializa el primer enjuague bucal, un antiséptico, y más adelante nacen los desinfectantes para el material y las intervenciones quirúrgicas.

Las innovaciones continúan en el siglo XX, cuando Harald Löe investiga colutorios con clorhexidina, una molécula que puede permanecer activa y con capacidad antimicrobiana durante horas.

Los colutorios VITIS nos ayudan a prevenir la aparición de caries y placa bacteriana, consiguiendo una boca sana a largo plazo. Hay que tener en cuenta que debemos usar el colutorio siempre después del cepillado de dientes y nunca ha de sustituir a éste. Además, hay que evitar comer o beber hasta 30 minutos después de haber usado el colutorio.