El mundo al revés

En los primeros años de la década de los 70, las cosas eran muy diferentes. Una corriente de arte urbano que había empezado en los 60 en Filadelfia comenzaba a extenderse por todo el territorio de Estados Unidos: el grafiti.

Su primera parada fue en Nueva York, más concretamente la subcultura cuajó entre los jóvenes del lado superior del oeste de Manhattan. Pero fue en el Bronx, Queens y Brooklyn donde adquirió mayor importancia.

Como toda clase de arte, las inscripciones que los primeros grafiteros colocaban en los edificios han ido evolucionando con el paso del tiempo, tanto en su forma como en su técnica y emplazamientos. Si primero eran simples firmas en las paredes, después comenzaron a estar acompañadas por diferentes elementos (nubes, coronas…).

Uno de los momentos cumbre fue la entrada de los tags (etiquetas, firmas o acrónimos de una persona o un grupo) en los trenes del metro de Nueva York. Los primeros artistas firmaban en el interior de los vagones y más tarde pasaron a pintar los exteriores por completo.

Para algunos, este tipo de expresión artística no hacía sino “ensuciar” espacios públicos y crear entornos desagradables.

Y tomando esta reflexión popular, el grafitero Paul Curtis (aka Moose) le ha dado totalmente la vuelta al concepto del grafiti, dejando a un lado los espráis, rotuladores, pinturas y demás productos utilizados hasta el momento.

Él practica lo que algunos han coincidido en llamar “grafiti inverso”: crear arte eliminando el polvo y la suciedad de los lugares públicos.

Si, por lo general, las autoridades tienen bastante claro cómo actuar ante este tipo de actos “vandálicos”, en el caso de Moose, el Ayuntamiento de Leeds ha estado considerando qué hacer con el artista, ya que lejos de ensuciar la vida urbana, armado con agua y un cepillo para limpiar zapatos, realiza un servicio a la comunidad limpiando allá donde va.