El diseñador de alimentos 2

Ya sabemos que las barritas de pescado ni saben a pescado ni tienen forma de pescado. Bien. También sabemos que el crujido que produce en nuestra boca es realmente atractivo para el consumidor, porque ese sonido se transmite directamente hasta nuestros oídos. Pero lo que también está claro es que nadie compraría un alimento única y exclusivamente por su sonido.

Pero, una vez dicho esto, también debemos tener en cuenta que si no hay sonido, algo falla. Las galletas que llevan días abiertas fuera del tarro, que están húmedas o que están a punto de caducar no crujen y, por lo tanto, no nos gustan.

¿Por qué? Pues porque el 60% de la experiencia del consumidor con la comida es responsabilidad de nuestra boca y, más concretamente, del mordisco. Ahí es nada.

Una vez que tenemos la forma, el sabor, el olor y la textura, solo nos falta darle una capa de pintura. Y es que el color es parte fundamental del atractivo visual del producto, por lo que hay que tener en cuenta con qué se asocia cada uno.

El cliente tiende a rechazar sistemáticamente los alimentos de colores no naturales. Es muy poco probable, por ejemplo, que la patatas azules triunfen algún día entre los consumidores”, afirma Mlodzianowski, director del Centro de Tecnología Alimentaria de Bremerhaven.

Esta forma de comportamiento es conocida por la industria alimentaria y seguida a rajatabla en la creación de sus productos. Y es por eso que el diseño alimentario, tras un periplo de artificialidad y diseños llamativos, ha optado por evolucionar hasta volver a encontrarse con la naturalidad. En definitiva, lo que el consumidor está buscando.