El diseñador de alimentos 1

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Todos hemos oído en más de una ocasión aquella frase, tan certera y bizarra al mismo tiempo, de “los niños comen por los ojos”. Pero no solo los niños lo hacen. Todos lo hacemos. El sentido del gusto no está solo en nuestra boca o, más concretamente en nuestro paladar. El oído, el olfato y la vista también nos sirven para saborear los alimentos. Siempre sin dejar de lado el importante papel que juegan las texturas.

Por esta razón y debido a la gran variedad de oferta que pueden encontrar actualmente los consumidores, las compañías de alimentación se han lanzado de cabeza a la piscina del diseño.

Un ejemplo demostrativo: las barritas de pescado. Por un lado, es cierto que su nombre no engaña, porque son barritas y son de pescado. Pero, por el otro lado, podemos ver que este alimento no recuerda para nada al pescado, ni en su forma ni en su sabor. ¿Qué consigue la industria con esta adaptación? Pues nada más y nada menos que hacer que todo aquel que aborrece el pescado pueda comerlo sin ningún tipo de problema. Y esto no es ningún invento, sino que le pregunten a los padres con niños pequeños.

Pero las barritas van más allá, ya que su sonido también influye a la hora de consumir el producto. Como explica Werner Mlodzianowski, director del Centro de Tecnología Alimentaria de Bremerhaven, “los sonidos que se producen en la mandíbula son extremos, ya que son directamente transmitidos desde los huesos hasta los oídos del consumidor”, que asocia estos sonidos con la frescura del alimento.

Ahora cabe preguntarse, ¿es tan importante el diseño como la calidad del alimento? ¿Lo es más? ¿Lo es menos?

Como se suele decir, para gustos están los colores.