El dentista del acuario

19 litros, 400 g de piedras naturales, 1 planta y 4 peces eran el hobby número uno de Roberto cuando tenía 7 años. Lula, Bamba, Tadeo y Fifo eran sus amigos más fieles, a quienes daba de comer cada tarde. Podía pasarse horas observando sus movimientos, formas, colores y tamaños. También solía jugar a imaginarse las interesantes conversaciones que tendrían entre ellos, siempre con una sonrisa de oreja a oreja. Para Roberto su momento acuario era sinónimo de relax y tranquilidad.

30 años más tarde, un 25 de abril, Roberto estaba a punto de abrir su primera clínica dental propia. Ya había trabajado en la que ahora sería su competencia durante 10 años y sabía perfectamente lo que sus clientes necesitaban para sentirse cómodos.

Y lo primero que hizo fue instalar un gran acuario. Sí, uno como el que tenía de pequeño, pero mucho más grande. Pero no lo hizo pensando en él, sino en sus pacientes. Del mismo modo que a él le transmitía calma y sosiego en su infancia, seguro que también ayudaría a que los pacientes estuvieran más relajados.

“Es como si se quedaran hipnotizados delante del cristal. Se olvidan completamente de que están en un dentista, un sitio que, normalmente, suele poner a la gente bastante nerviosa. Y encima se divierten. Son todo ventajas”, le comentaba a un amigo Roberto, a quien en el pueblo ya todos apodaban el dentista del acuario.