El clásico

Happy Senior Man With Grandson

El abuelo Domingo era un señor clásico, de los de toda la vida, de los de boina y bastón. Cada día se echaba su clásico paseo mañanero contemplando la actividad de la ciudad. Compraba su clásica barra de pan y con ella se iba al bar a tomar su clásico clarete, acompañado de una tapa, antes de subir a comer a casa.

Tampoco perdonaba nunca su clásica siesta de 3 a 5 y después, bien descansado, se iba al bar a jugar el clásico dominó con los amiguetes del barrio.

Allí, entre fichas y tapetes, se tomaba su clásico café solo, que solo llevaba café y unas gotitas de anís, y siempre aprovechaba para vacilar con los compañeros contándoles las apasionantes historias que había vivido durante la guerra.

Todos lo recuerdan como un señor de carácter amable, campechano, alegre y activo, siempre con una sonrisa impecable.

Hacía unos cuantos años que había abandonado el clásico palillo que siempre llevaba en la boca. Y es que Domingo se había adaptado a los tiempos. Un dentista le había dicho que, si quería mantener aquella preciosa sonrisa, debía olvidarse de los palillos, ya que el uso de palillos puede producir lesiones en el espacio entre los dientes ocupado por la papila.

Él lo hizo y, uno por uno, fue convenciendo a todos sus amigos. Algunos optaron por la seda dental y otros por los cepillos interproximales, pero todos habían entendido que sus bocas se merecían algo mejor.

Poco a poco, y no sin esfuerzo, aquellos palillos de madera habían desaparecido de las partidas de dominó y de los paseos mañaneros. Y Domingo, una vez más, tenía otra bonita historia que añadir a su lista de peripecias.