El apartamento de verano

Tres cosas hay en la vida capaces de engañar al ojo humano: las ilusiones ópticas, el photoshop y los apartamentos de verano.

Cuando llegas a destino nada tiene que ver el sótano que te encuentras con aquella mansión que reservaste por internet. Cuatro dormitorios, dos de ellos en suite, baño más aseo y una terraza de treinta y cinco metros, convertidos por arte de magia en el antiguo hogar de los Roper. Puntillas, mantillas, colchas de flores inmensas y un solo sofá de dos plazas por el que han pasado todos los ácaros de la costa y algunos, incluso, intuyes que se han quedado a vivir.

En ese momento sientes ganas de llamar a la agencia para preguntarles exactamente qué entienden ellos por conceptos básicos como “primera línea de playa”, “climatización” o “habitación con vistas”, porque las ventanas con vistas, al parking, son ventanucos de engranajes oxidados y la playa sólo se ve desde el salón si miras esa foto mural de cómo era el pueblo en 1916 que cuelga ladeada sobre la chimenea. ¿Una chimenea en la costa malagueña, te preguntarás? Increíble lo barato que les salió a los dueños el ladrillo y lo caro que les debe parecer el Cristalight limpiasuperficies.

Sigues investigando habitación tras habitación, tratando de ser la primera que encuentre al hombre muerto, pero tus indagaciones son constantemente interrumpidas por los gritos de tus hijos, deseosos de explorar el entorno y todos los cajones de las cómodas ¡Mamá, mira cuántos kleenex!¡¡Nolostoqueeeees! ¡Bajo mi cama hay unas zapatillas! ¿Tienen pies dentro?, ¿no?, ¡mejor, pero nolastoqueeeeeees!

Examinadas las cómodas correrán a comprobar el grado de elasticidad de los colchones, mientras en tu mente sólo hay sitio para pensar en el enfado de las otras familias de ácaros, convecinas de las del sofá, a las que habéis venido a importunar.

Como verás he pasado por alto los cojines, ay los cojines, lo más recomendable es ponerlos en cuarentena nada más llegar, meterlos en un armario y no volver a verlos hasta que no deis por finiquitadas las vacaciones. La cocina ni la mires, ya tendrás tiempo de hiperventilar…Un momento. ¿Qué es este silencio? ¿Qué estarán haciendo los niños? Tranquila, habrán encontrado el parchís. En casa puedes pasarte horas tratando de entretenerlos con los más sofisticados aparatos electrónicos pero en vacaciones entran en modo ‘Mute’ hipnotizados por el sonido del dado en el cubilete, como neardentales alrededor de una hoguera. Ojo, no es momento de plantearte hacia dónde se encamina la educación en la era moderna, no seas tonta y aprovecha su distracción para deshacer las maletas y colocar enseres en los pocos huecos libres que te dejen los cojines prisioneros.

Este apartamento está muy lejos de ser acogedor, es cierto, pero a la mínima que te descuides te referirás a él con frases como “Salid del agua que tenemos que volver a casa” ¿A casa? Sí, es curiosa la manera que tiene una madre de considerar “hogar” a cualquier lugar donde coman y duerman sus hijos.