Cuanto más cerca, mejor

Había una vez, hace muchos años, un chef de algún lugar del mundo que decidió que, para crear los platos más exclusivos del planeta, tendría que seleccionar las mejores materias primas y, para ello debería dirigirse a los lugares más recónditos.

Así comenzó a crecer la fama de productos tan extraños y exóticos como la sal del Himalaya, la carne de vacas Wagyu japonesas, el caviar de Beluga del Mar Caspio, la trufa blanca del Piamonte italiano, el café Kopi Luwak de Sumatra, la vainilla de Madagascar…

Pero un buen día, otros chefs como él, cansados de buscar y rebuscar los productos más exquisitos a miles de kilómetros de sus casas, decidieron hacer lo contrario. Decidieron que ya era hora de empezar a valorar los productos que tenían cerca y de comenzar a promocionar lo autóctono.

Y así nació la cocina kilómetro 0.

Los requisitos fundamentales de esta nueva modalidad gastronómica son sencillos: los ingredientes tienen que proceder de los productores o tiendas que estén en un radio máximo de 100 km y deben ser principalmente ecológicos.

Hay quien habla de moda pasajera, quien la define como una cocina para melancólicos y amantes de lo local, y hay quien dice que es el único futuro.

Sea como fuere, en estos momentos nos encontramos ante un escenario un tanto peculiar en el mundo de la cocina ya que, tras el increíble aumento de los puntos de venta de comida basura, movimientos como el kilómetro 0, encuadrados dentro de la corriente denominada slow food, tratan de recuperar el gusto por la buena cocina y los productos de calidad.