¿Cómo te llamas?

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No es por nada, pero habíamos quedado en que se llamaría Pancracio, como su abuelo. No vamos a cambiar ahora de opinión, ¡menudo disgusto se llevaría mi madre!”, le comenta Ana a su marido, mientras este la mira atónito, incrédulo, con la boca abierta

Y es que elegir un nombre es una decisión que va mucho más que una simple discusión de pareja, ya que nuestro cerebro reacciona de una forma diferente a los distintos nombres. Cuanto más sencillo sea, mejor opinión tendremos de la persona.

Esto es lo que se desprende de un estudio psicológico realizado por investigadores de la Universidad de Nueva York a finales de 2011, que incide en el hecho de que las informaciones más comprensibles para el cerebro humano son las que procesamos con mayor facilidad y, por tanto, son más de nuestro agrado.

Tanto la procedencia de los nombres como su extensión son cuestiones menos importantes que la facilidad con que los pronunciamos.

Lo mismo ocurre con los nombres comerciales, como demostraron otro equipo de investigadores en 2005. La dificultad de pronunciación de estos nombres afecta de manera directa a sus ventas y a su imagen: los movimientos comerciales de las compañías son mejores cuanto más pronunciable sea su nombre.

Estos dos estudios tienen sus defensores y sus detractores, pero lo que nadie puede discutir es que mientras mantengamos nuestra boca sana las palabras se sonarán mejor. Sean cuales sean.

Estudio: Citation: “The name-pronunciation effect: Why people like Mr. Smith more than Mr. Colquhoun.” By Simon M. Lahama, Peter Kovala and Adam L. Alter. Journal of Experimental Social Psychology, published online Dec. 9, 2011. DOI: 10.1016/j.jesp.2011.12.002